Huercasa Country Festival vuelve a demostrar que la música americana también tiene un hogar en España

Hay festivales a los que uno acude para ver una sucesión de conciertos. Y hay otros a los que regresa porque sabe que allí encontrará una forma distinta de entender la música. Huercasa Country Festival pertenece desde hace tiempo a ese segundo grupo.

La undécima edición volvió a convertir Riaza en un pequeño rincón del sur de Estados Unidos durante un fin de semana en el que el country, la americana, el honky-tonk, el bluegrass, el rock de raíces y el tex-mex compartieron espacio con algo que no suele aparecer en los carteles: cercanía, tranquilidad y una manera de vivir la música que cada vez resulta más difícil encontrar.

El recinto de Las Delicias volvió a registrar una gran asistencia de público, mientras que la Plaza Mayor se convirtió una vez más en el punto de encuentro entre vecinos, visitantes y aficionados llegados desde diferentes puntos del país. A ello se sumaron las actividades paralelas, el Country Line Dance, el espacio familiar Pioneertown, el mercadillo y una oferta gastronómica que hacen que Huercasa sea mucho más que una sucesión de conciertos.

Musicalmente, el nivel volvió a ser muy alto. Uno de los grandes momentos del festival llegó con Cracker. La veterana banda norteamericana demostró que sigue siendo una referencia cuando se habla de rock americano sin etiquetas. Su concierto fue intenso, eléctrico y lleno de personalidad, recordándonos por qué David Lowery y Johnny Hickman llevan más de tres décadas escribiendo algunas de las páginas más interesantes de la música de raíces contemporánea.


Brent Cobb puso el broche de oro al escenario principal con una actuación de enorme categoría. Su mezcla de country sureño, rock y soul volvió a confirmar que es uno de los compositores más sólidos de la escena actual, ofreciendo uno de esos conciertos que parecen fluir con absoluta naturalidad.

Entre los nombres que más me sorprendieron destacaría a Brown Horse. La formación británica dejó claro que el country rock europeo vive un momento de enorme creatividad, con un sonido elegante, melancólico y muy personal. También fue imposible no disfrutar con la energía de Johnny Mullenax, capaz de mezclar country, bluegrass, rock y mucho sentido del humor en una actuación que conectó desde el primer minuto con el público.

Emily Nenni volvió a demostrar por qué es una de las voces más interesantes del honky-tonk actual, mientras que Crowe Boys aportaron uno de los conciertos más emotivos del festival gracias a sus magníficas armonías vocales. Alana Springsteen representó la cara más contemporánea del country de Nashville, y Rob Leines confirmó el enorme vínculo que mantiene con el público de Huercasa, que volvió a recibirle como a uno de los suyos.

También merece una mención especial el Escenario Harvest, que continúa consolidándose como uno de los grandes aciertos del festival. Allí pude descubrir propuestas tan interesantes como Montefurado, que firmaron uno de los directos más contundentes del fin de semana con una visión oscura y muy personal del rock de raíces, además de las actuaciones de Castor Head, Suso Díaz & The Appaloosas y The Ripples, demostrando el excelente momento que vive la escena nacional.

La programación de la Plaza Mayor volvió a reforzar esa conexión entre el festival y Riaza. El Country Line Dance reunió a decenas de personas en torno al baile, mientras que Conjunto San Antonio puso el acento tex-mex en una plaza completamente entregada. Son pequeños detalles que ayudan a entender por qué Huercasa mantiene una personalidad tan definida dentro del circuito de festivales.

Después de once ediciones, Huercasa Country Festival sigue demostrando que su verdadero éxito no reside únicamente en traer grandes nombres internacionales, sino en haber creado una comunidad alrededor de la música americana. Un festival donde las canciones importan más que las modas, donde artistas y público conviven con una cercanía poco habitual y donde cada verano Riaza vuelve a convertirse en un lugar de peregrinación para quienes seguimos creyendo que la música de raíces continúa teniendo mucho que decir.

Ojalá esa filosofía siga marcando el camino de futuras ediciones, porque festivales así no solo programan conciertos: mantienen viva una cultura musical que, afortunadamente, cada año encuentra en Riaza un lugar al que llamar hogar.

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