Dolly Parton, mucho más que el personaje.

Estos días nos ha sacudido una noticia que no queríamos escuchar. La eterna Dolly Parton ha fallecido a los 80 años y, para los seguidores de la música country y la americana, la verdad es que nos ha dejado bastante huérfanos.
Yo voy a hablar de Dolly desde mi punto de vista, porque mi relación con su música ha sido bastante curiosa.
Tengo que reconocer que, por supuesto, conocía a Dolly Parton. ¿Quién no? Pero tardé muchísimo en entrar de verdad en su universo musical. Nunca he sido demasiado amigo de los artistas que utilizan una imagen muy llamativa y estridente. Siempre he pensado que la imagen y el espectáculo son importantes, pero que el principal reclamo debe ser el talento. Y esto no siempre es así.
Por eso, durante mucho tiempo, aparqué a algunos artistas en favor de otros. Me dejaba cegar por el envoltorio y no profundizaba para descubrir qué había realmente detrás. Y eso me pasó con Dolly Parton.
Prefería acercarme a artistas como Emmylou Harris, con una imagen mucho más sencilla que dejaba su voz y su talento al descubierto, o Linda Ronstadt y otras artistas similares. También su acercamiento a terrenos más pop y a un público masivo, aunque estuviera hecho con calidad y sin olvidar sus raíces, quizá funcionaba para mí como otro muro que me impedía ir un poco más allá.
Dolly empezó a interesarme de verdad a raíz de una conversación musical con la cantante y compositora Juana Everett. En aquella conversación, Juana me habló de Dolly colocándola prácticamente por encima del resto. Aquello me dio que pensar. Aquí tiene que haber mucho más de lo que yo creo, me dije.
Más adelante compré una antología suya en triple CD. Allí estaban algunos de sus grandes éxitos, también sus acercamientos al pop, pero había muchísimo más. Y a partir de ahí comenzó un camino que me llevó a conocerla de una manera mucho más profunda.

Y fue entonces cuando descubrí que detrás de aquel personaje había no solo una enorme artista, sino también una compositora extraordinaria y, sobre todo, una persona con una dimensión humana que quizá durante años no había sabido ver.
Dolly Parton nació en 1946 en una familia extremadamente humilde de Tennessee. Fue la cuarta de doce hermanos y creció en una pequeña cabaña de una sola habitación en las montañas de los Apalaches. Su padre trabajaba como agricultor y obrero de la construcción y su madre se encargó de sacar adelante aquella enorme familia. Aquella infancia marcaría para siempre su música.
Coat of Many Colors, por ejemplo, nació de aquellos recuerdos: la historia de un abrigo hecho por su madre con retales porque la familia no podía permitirse comprar uno. No es casualidad que muchas de sus canciones tengan esa capacidad para hablar de la gente sencilla sin convertirla en caricatura.
Dolly comenzó cantando en la iglesia y muy pronto empezó a actuar en la radio y la televisión local. Con solo 13 años ya había grabado su primer disco y también apareció en el Grand Ole Opry, donde fue presentada nada menos que por Johnny Cash. Más tarde llegaría su etapa junto a Porter Wagoner y, finalmente, una carrera en solitario que acabaría convirtiéndola en una de las compositoras más importantes de la música popular estadounidense. Y ahí es donde quizá está la clave para entenderla.
Musicalmente nunca abandonó sus raíces. En su música encuentras country, bluegrass, gospel, country & western y, con el paso de los años, también rock y pop. Pero, por encima de las etiquetas, había una extraordinaria capacidad para contar historias.
Jolene, Coat of Many Colors, I Will Always Love You o 9 to 5 son canciones completamente diferentes entre sí, pero todas tienen algo en común: Dolly sabía contar una historia y hacer que pareciera nuestra.
I Will Always Love You, que escribió originalmente en 1973 como despedida de Porter Wagoner, acabaría teniendo una segunda vida casi veinte años después cuando Whitney Houston la convirtió en uno de los mayores éxitos de la historia de la música popular gracias a The Bodyguard.
Y esto es algo que quizá se olvida cuando hablamos de Dolly Parton: antes que cantante era una compositora. Una compositora tremendamente prolífica que podía escribir sobre el amor, la pobreza, los celos, la familia, el trabajo o la dignidad de las personas que había conocido durante su vida, después llegó la década de los ochenta y Dolly decidió ir todavía más lejos.
Quiso acercarse al pop y a un público mucho más amplio. Y lo consiguió. Here You Come Again ya había demostrado a finales de los setenta que sus canciones podían cruzar las fronteras del country, pero en los ochenta llegó 9 to 5, tanto la película como la canción, que se convirtió en uno de sus grandes éxitos y le proporcionó incluso una nominación al Oscar.
Y aquí es donde su imagen, aquella misma imagen que a mí durante tantos años me había servido de barrera, jugó precisamente a su favor.
Los ochenta eran excesivos. Madonna, Michael Jackson, Prince, las bandas de glam metal, los grandes peinados, las producciones enormes, los colores imposibles... Todo parecía diseñado para llamar la atención. Y allí estaba Dolly Parton.
Con sus vestidos, sus tacones, sus pelucas y sus interminables capas de maquillaje parecía hecha para aquel mundo. Pero había una diferencia: mientras muchos artistas utilizaban la imagen como parte de su personaje, Dolly sabía perfectamente quién era y utilizaba aquella imagen a su manera.
Incluso tenía sentido del humor sobre ella misma. Su famosa manera de bromear sobre el dinero necesario para mantener aquel aspecto exagerado resumía bastante bien su filosofía: sabía que el personaje era parte del espectáculo, pero nunca permitió que el personaje acabara comiéndose a la persona.
También llegó el cine. 9 to 5, The Best Little Whorehouse in Texas, Rhinestone o Steel Magnolias forman parte de una filmografía irregular, pero que contribuyó a convertirla en una figura mucho más grande que una estrella del country.
Y en 1987 ocurrió algo que, visto desde hoy, parece casi inevitable: Dolly Parton se reunió con Emmylou Harris y Linda Ronstadt para grabar Trio.
Aquello fue otra demostración de que detrás de aquella imagen explosiva había una artista profundamente ligada a la tradición. Tres voces extraordinarias cantando juntas, recuperando canciones y demostrando que el country podía ser elegante, emocionante y tremendamente contemporáneo sin necesidad de disfrazarse de otra cosa.
En los noventa, con el cambio de década y la llegada del grunge, el panorama musical volvió a cambiar. El glam metal perdió protagonismo, las producciones empezaron a buscar otros caminos y el pop también cambió de rostro. Dolly siguió allí.
Continuó grabando discos, acercándose de nuevo al bluegrass y a sus raíces, colaborando con nuevas generaciones de artistas y demostrando que no necesitaba perseguir ninguna moda. Su música podía cambiar, pero ella sabía perfectamente de dónde venía.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me gustan ahora de Dolly Parton. Porque debajo del personaje había una mujer tremendamente inteligente.
Una gran compositora, una empresaria capaz de construir un auténtico imperio alrededor de su nombre y una persona con un desparpajo extraordinario. Era capaz de responder con una sonrisa y una salida ingeniosa a preguntas malintencionadas en entrevistas donde probablemente otros artistas habrían terminado enfadándose. Pero, sobre todo, estaba su dimensión humana.
Dolly nunca quiso convertirse en una activista política al uso. De hecho, durante buena parte de su vida evitó que la situaran en uno u otro lado del tablero político. Pero eso no significaba que no tuviera principios. Simplemente parecía entender que defender determinadas cosas no debería necesitar una etiqueta política.
La igualdad, la dignidad de las personas, la defensa de las mujeres o el respeto hacia la comunidad LGBTQ+ formaron parte de su manera de entender el mundo. Y muchas veces lo hizo sin grandes discursos, sino utilizando su propia posición y su dinero para ayudar.
En 1988 creó la Dollywood Foundation, inicialmente con la intención de ayudar a los niños de su condado natal. Y en 1995 puso en marcha uno de sus proyectos más bonitos, Dolly Parton's Imagination Library, un programa dedicado a fomentar la lectura infantil que nació como homenaje a su padre, que no sabía leer ni escribir. Con los años, aquel proyecto acabó enviando gratuitamente cientos de millones de libros a niños de diferentes países.
También estuvo detrás de Dollywood, el parque temático de Tennessee que convirtió en una extensión de sus raíces y en uno de los grandes proyectos económicos y turísticos de su tierra.
Y cuando llegó la pandemia volvió a demostrar que no todo se quedaba en palabras. En 2020 donó un millón de dólares para la investigación médica contra la COVID-19 en Vanderbilt University, una contribución que ayudó a financiar investigaciones relacionadas posteriormente con la vacuna de Moderna. Puede parecer extraño hablar de todo esto cuando estamos hablando de una cantante. Pero quizá precisamente ahí esté la grandeza de Dolly Parton.
Porque al final no se trata solamente de cuántos discos vendió, cuántos premios consiguió o cuántas canciones escribió. Tampoco de si nos gusta más Jolene que 9 to 5, si preferimos sus discos de country o sus acercamientos al pop. Se trata de lo que queda cuando desaparece el personaje. Y en el caso de Dolly Parton queda muchísimo.
Queda una mujer que nació en la pobreza de las montañas de Tennessee y terminó convertida en una estrella mundial sin renunciar nunca a sus raíces. Queda una compositora capaz de escribir canciones que otros artistas hicieron todavía más grandes. Queda una actriz, una empresaria y una mujer que supo construir un personaje absolutamente reconocible y, al mismo tiempo, demostrar que detrás de aquel personaje había mucho más. Y queda también una lección personal.
Durante años yo pensé que Dolly Parton era, en buena medida, aquel personaje de pelo enorme, vestidos imposibles y estética exagerada que veía en televisión. Me equivoqué. Y quizá esa sea una de las cosas bonitas de la música. Que nunca dejamos de descubrir artistas, incluso aquellos que creemos conocer. A veces solo tenemos que apartar un poco el envoltorio para descubrir lo que hay debajo.
Y debajo de Dolly Parton había una de las grandes compositoras de la música americana, una voz absolutamente reconocible y una mujer que entendió algo que no todos los artistas consiguen comprender: que cuando tienes la posibilidad de hacer algo bueno por los demás, también forma parte de tu legado hacerlo.
Dolly ya no está, pero su música, sus historias y todo aquello que construyó alrededor de ellas van a seguir acompañándonos durante mucho tiempo, y quién sabe, quizá dentro de unos años, cuando alguien escuche por primera vez Jolene o Coat of Many Colors, le ocurra lo mismo que me ocurrió a mí, que mire más allá , y descubra a Dolly.
